La experiencia de enseñar

Para muchos el magisterio es una vocación decadente o extinta. Y la verdad es que en un siglo marcado por el egoísmo y la individualidad puede resultar muy extraño sentir placer en brindar conocimientos a otros, muchas veces por muy poco dinero. Pero nada es imposible y los seres altruistas todavía existen.

Así que el magisterio aún vive, porque el placer de enseñar no tiene comparación. Y lo aseguran aquellos que le han dedicado toda la vida a este sacerdocio. Por suerte existen aún personas con ganas de enseñar, porque qué sería de nuestros hijos e hijas sin un buen maestro.

La educación es uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad que busque formar individuos pensantes y responsables con su tiempo. Sin educación no hay futuro posible.

Ser maestro es una profesión muy sacrificada que requiere entrega y voluntad constantes. Un maestro debe tener paciencia y sensibilidad para lidiar con las particularidades de la niñez. No se es maestro porque sí, sino porque se siente y se vive.

Tener un buen maestro es lo mejor que le puede pasar a un niño, porque esto no se olvida nunca. Muchas son las personas que les dedican sus éxitos a las personas que los enseñaron de pequeños. Un buen maestro es como el primer impulso para seguir adelante y perseguir nuestros sueños, pues los maestros saben detectar la vocación de cada uno de sus alumnos, a veces mucho mejor que los padres.

Escoger una escuela determinada para los hijos no es una cosa poco importante, al contrario, es una decisión que marcará para siempre el tipo de persona que ese niño llegará a ser.

Afortunadamente ahora mismo se pueden encontrar en las universidades excelentes programas para la formación de maestros. Si bien no están del todo completos estos programas académicos, lo cierto es que han mejorado bastante con la inclusión de metodologías participativas y nuevos modelos de enseñanza que proponen la horizontalidad y el intercambio como base para el aprendizaje.

Quien desee dedicarse a la enseñanza no debe renunciar a ese sueño, pues no hacer lo que nos manda el corazón es como una condena que no se rebasa. Educar es un don al que no todo el mundo tiene, por eso hay que saber aprovecharlo. La mejor satisfacción de un maestro es ver cómo sus alumnos aprenden y crecen gracias a sus enseñanzas.

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